Artículo recibido: Octubre de 2011
Artículo Aprobado: Noviembre de 2011
A lo largo de la historia se han construido diferentes instituciones sociales como el Estado, la Iglesia y la familia, que tienen como finalidad dar forma al comportamiento de los individuos, a través de reglas de conducta. Este ensayo, realizado con base en la obra literaria de Umberto Eco “El Nombre de la Rosa”, centrará su reflexión en entender cómo una de éstas instituciones, la Iglesia católica ha ejercido un control sobre los sujetos, imponiendo su mandato a través del castigo y la muerte a aquellos que han estado en una búsqueda constante del conocimiento científico, y se han opuesto a esta institución.
Palabras claves:
Control Social, Religión, Iglesia, Poder, Crimen, Institución.

Kenya
Lorena Gómez Urrea
Estudiante de
noveno semestre de la Facultad de Derecho de la Universidad de San
Buenaventura, Seccional Medellín.
kelogour@gmail.com
Ximena
Betancur Álvarez
Estudiante de
noveno semestre de la Facultad de Derecho de la Universidad de San Buenaventura
Hidden crimes for power and religion
Reflection essay from the work of Umberto Eco "The Name of the Rose"
Abstract.
Throughout history, people have built various social institutions such as
the State, the Church and the family, which are intended to shape the behavior
of individuals, through rules of conduct. This trial, conducted based on the
literary works of Umberto Eco "The Name of the Rose", will focus its
reflection in understanding how one such institution, the Catholic Church has
exercised control over the subjects, imposing its mandate through punishment
and death to those who have been in a constant search of scientific knowledge,
and have opposed this institution.
Keywords:
Social Control, Religion, Church, Power, Crime, Institution..
El poder siempre ha sido una condición que el
hombre ha buscado a lo largo de los años para determinar su vida. Con base en
esta afirmación se empezará a contextualizar este artículo, que contiene un
análisis sobre el control social ejercido por la religión católica en los sujetos sociales, a partir de la
revisión de la obra literaria “El Nombre de la Rosa” escrita por Umberto Eco en
1980. Este autor, en el desarrollo de su obra, hace una crítica frente a una serie
de sucesos e idealismos que reúnen la religión y el poder, incorporando
crímenes sin sentido. Además integra varios elementos de la historia y la
realidad, como los textos literarios, las crónicas medievales, las diferentes normativas
de la religión católica para la época en la que se sitúa el libro, los estudios
filosóficos, e incluso la aparición de muchos personajes históricos en la obra.
Un claro ejemplo de lo anterior, es Jorge Luis
Borges, pues se dice que él ha sido quien ha inspirado a Jorge, el macabro personaje de la novela; éste era ciego,
de convicciones e ideales estrictos y
uno de los monjes más antiguos en la Abadía motivo por el cual conocía todos los
libros que se encontraban en la biblioteca y podía movilizarse por ésta sin inconveniente
alguno a pesar de su difícil acceso. Este privilegio lo utilizó a su favor para
impedir por todos los medios posibles que el libro de la II Poética de
Aristóteles, el tratado sobre la risa, fuera leído por los demás monjes ya que
consideraba que la risa era inmoral y que podía influir en la concepción que
los demás monjes tenían de Dios; Los crímenes se efectuarían entonces en honor a su ideología. Frente a lo
anterior, Umberto Eco escribió en sus Apostillas:
Todos me preguntaban por qué mi Jorge evoca por el nombre a Borges, y
porqué Borges es tan malvado. No lo sé. Quería un ciego que custodiase una
biblioteca (me parecía una buena idea narrativa), y biblioteca más ciego sólo
puede dar Borges. También porque las deudas se pagan (Eco, 1985: 32).
El nombre de rosa es una novela histórica y de
ficción que se desenvuelve en una abadía al norte de Italia, donde se encuentra
una de las mejores bibliotecas de la época, construida con los aportes de los
monjes que día a día llegaban, y con las traducciones que se realizaban de los
tomos obtenidos. Estos monjes y sacerdotes eran portadores de grandes
conocimientos adquiridos por la literatura; sin embargo, por sus creencias
religiosas consideraban que la sabiduría era un don que sólo podía ser otorgado
a pocos, lo que condujo al fatal desenlace de esta historia.
Adso de Melk y Fray Guillermo de Baskerville,
protagonistas de la historia, llegan al monasterio con el objetivo de realizar
una reunión entre los representantes del emperador y el Papa, en la cual discutirían,
básicamente, sobre la calidad de herética o no de la doctrina, según la cual
Cristo y los apóstoles eran pobres, afirmación que afectaba el estatus jurídico
de la orden franciscana, pues en ella no sólo se aceptaba sino que se ensalzaba
la pobreza apostólica; además, con la reunión buscan dar respuesta a los
enigmáticos acontecimientos que le han “robado” la tranquilidad al lugar. El
primer personaje es solo un novicio que recibe instrucciones de su Maestro,
tanto para cumplir la labor encomendada, como para su vida sacramental,
mientras el segundo, Guillermo, es inquisidor y científico, quien intenta
esclarecer el por qué de una serie de
asesinatos que se estaban presentando en la Abadía de manera extraña y con
características similares, lo cual le lleva a deducir que se trata de unos
crímenes efectuados por uno de los monjes.
Cuando Guillermo y su pupilo inician la
investigación surgen una serie de inconvenientes, en la medida que, aunque el
abad ha permitido indagar sobre lo ocurrido, también ha limitado el acceso a la
biblioteca, aspecto que causa más
curiosidad en los protagonistas debido a que los comportamientos alrededor de
ésta estaban generando un ambiente de intriga y secretos en la abadía indicando
que posiblemente allí se habían desencadenado las muertes sucesivas. Por esta razón, para poder remediar esos crímenes, empiezan a interrogar
a los monjes que tenían una relación cercana con los fallecidos, descubriendo a
su vez, la manera en que pueden entrar a la biblioteca, iniciando la
construcción de las diferentes hipótesis sobre lo que en verdad ocurrió. Esto
debido a que descubren que las personas muertas no se han quitado la vida, por
lo cual se ponen a la tarea de buscar esa persona o elemento causante de los
decesos, concluyendo así que los cinco monjes han muerto por circunstancias
similares, dado que todos tienen la lengua y tres dedos de la mano derecha
negros.
En su pesquisa por la verdad, Guillermo y su
pupilo entran varias veces a la biblioteca para leer algunos libros, y
encuentran que uno de los fallecidos dejó una pista sobre su muerte. De esta
manera, se dan cuenta que el causante de las muertes es un libro que ha estado
protegido por un monje de la Abadía, quien lo envenenó para que ninguna persona
pudiera leerlo, pues éste hablaba sobre la risa, y según el monje, la lectura
de este libro podrá cambiar el pensamiento y el concepto que, hasta ahora,
tenían de Dios.
Porque no todo el pueblo de Dios está preparado para recibir tantos
secretos, y a menudo ha sucedido que los depositarios de esta ciencia fueron
confundidos con magos que habían pactado con el diablo, pagando con sus vidas
el deseo que habían tenido de compartir con los demás su tesoro de
conocimientos (Eco, 1980: 88).
Desde la antigüedad, la historia ha venido
adquiriendo su sentido y desarrollo según las necesidades del hombre a lo largo
de ésta. En la Edad Media, por ejemplo, la iglesia, el emperador, las distintas
órdenes del catolicismo y las diferentes concepciones de Jesús llevaron a hacer
del humano un ser ya no solo capaz de razonar sino también de concebir un
carácter y defender sus ideales. Es por esto que la religión católica tiene una
serie de reglas que lo que hacen, básicamente, es controlar el comportamiento
del individuo, es decir, esta iglesia se basa en códigos de conducta que
prohíben ciertas actitudes y acciones, con el objetivo de que las personas
puedan tomar estas normas como ejemplo, ya que se tratan del deber ser, y
esforzarse en aplicarlas a su entorno para que con éstas bases sea más fácil y
mejor vivir en sociedad.
Se evidencia entonces que desde épocas antiguas
el control social era una fuente muy poderosa, a causa de organizar el
comportamiento sociocultural del individuo que era regulado y vigilado por la
religión, como órgano de control social, desde el momento de su nacimiento
hasta su muerte. Ese control de las creencias del ser humano permitía que esta
institución ejerciera toda su autoridad para regular las relaciones sociales y
hacerse acreedor del poder absoluto. La religión buscaba, de esta forma, que el
ser humano acogiera todas sus pretensiones sin oportunidad de mostrar su
inconformismo, y así ostentar ese poder que Dios le había dado para dominar a
la sociedad a costa de lo que hiciera falta.
En aquel período, el poder estaba en cabeza del
emperador o del rey aunque la religión era el sustento del Estado, debido a que
éste se apoyaba en ella para gobernar, y como contraprestación, el Estado la
ayudaba económicamente; además, dada la
incidencia de la religión en la sociedad, la articulación con el Estado
contribuía en la legitimación del mismo. Sin embargo, la iglesia poseía un
poder mayor que radicaba en el dominio de la mente de los individuos, de su
comportamiento en sociedad y la función que éstos cumplían dentro de la misma,
lo que fue creando una serie de conflictos provocados por quienes lograban
salir de esa influencia y descubrir una serie de acontecimientos ocultos en
dicho mandato; donde la iglesia católica acumuló riquezas, monopolizó la
sociedad y su saber, constituyendo patrones en la forma de actuar, pensar y
desenvolverse de los sujetos, así como estableciendo y justificando el
comportamiento que surge a partir de la prohibición, el constreñimiento y abuso
del conocimiento.
En la península, donde el poder del clero era más evidente que en
cualquier otro lugar, y donde el clero ostentaba más poder y más riqueza que en
cualquier otro país, habían surgido, durante no menos de dos siglos,
movimientos de hombres que abogaban por una vida más pobre, polemizando con los
curas corruptos, de quienes se negaban incluso a aceptar los sacramentos, y
formando comunidades autónomas, mal vistas tanto por los señores, como por el
imperio y por los magistrados de las ciudades. (Eco, 1980: 53)
La religión hace parte de un sistema de
creencias que ha acompañado al hombre casi desde los inicios de la humanidad,
con el fin de darle explicación a fenómenos que el ser humano no es capaz de
entender por vía de los sentidos o por medio de la ciencia. La iglesia, por su
parte, se considera como una institución social, pues fue creada por el hombre;
ésta trata de una comunidad de personas que creen en Dios como una realidad y
que comparten sus vidas de acuerdo con ella, siendo fieles a este compromiso y
teniendo en cuenta un código de conducta que, se cree, fue dictado por entes
divinos.
Así mismo, la iglesia se apoya en la relaciones
de poder entre los sujetos que se supone son los “representantes” de Dios en la
Tierra. Un claro ejemplo de ello es que en la Edad media se afirmaba que los
reyes eran una “delegación divina.”
Hubo tiempos en los que desde nuestras abadías se gobernaba el mundo.
Hoy, ya lo veis, el emperador nos usa para que sus amigos puedan encontrarse
con sus enemigos (algo he sabido de vuestra misión, los monjes hablan y hablan,
no tienen otra cosa que hacer), pero sabe que el país se gobierna desde las
ciudades. (Eco,
1980: 122).
En el transcurso de la historia no sólo se
aprecia la fuerza ejercida sobre los monjes para no ir en busca del
conocimiento, sino cómo la riqueza también fue un punto de discusión; como
ejemplo podemos citar el encuentro entre franciscanos y dominicos para decidir
sobre si se debía conservar la autoridad en cabeza del papa con las riquezas y
ostento que eso conllevaba, o si por el contrario era conveniente apelar a la
misión de San Francisco de Asís y repartirlas entre los pobres.
Ellos sostenían que Cristo y los apóstoles no habían tenido propiedad
alguna ni individual ni común, y el papa condenó esta idea como herética. Lo
que no deja de ser asombroso, porque, ¿cómo puede un papa considerar perversa
la idea de que Cristo fue pobre? (Eco, 1980: 56)
En cambio, como habrás advertido, en las ciudades italianas son los
bienes los que sirven para obtener dinero. Y también los curas y los obispos, y
hasta las órdenes religiosas, deben echar cuentas con el dinero. Así se explica
que la rebelión contra el poder se manifieste como reivindicación de la
pobreza, y se rebelan contra el poder los que están excluidos de la relación
con el dinero, y cada vez que se reivindica la pobreza estallan los conflictos
y los debates, y toda la ciudad, desde el obispo al magistrado, se siente
directamente atacada si alguien insiste demasiado en predicar la pobreza.” (Eco, 1980: 124)
La iglesia llega a convertirse entonces en una
institución de la sociedad donde las personas se refugian para obtener
determinados beneficios a cambio de la alabanza de Dios y de su fidelidad; así
es como las personas la adhieren a sus
cotidianidades, haciendo de ésta una forma y razón de vivir. Por lo tanto, la
iglesia ejerce determinado poder sobre la gente que cree en ella y ahí es donde
se empieza a ver como una institución que ejerce un control social, el cual,
vale la pena decirlo, es informal puesto que se basa en las costumbres de la
sociedad.
Podemos señalar por ello, que el control social, sirve para asegurar la
supervivencia del “estado de cosas” en la sociedad, pues al mismo tiempo que
traza el marco que circunscribe los modos de ser y actuar socialmente
aceptables, castiga los comportamientos nocivos por medio de un complejo
sistema de sanciones y reglas, que persiguen la disciplina social: sometimiento
y conformidad del individuo a las normas de convivencia; para ello, el control
social dispone de un sinnúmero de sistemas normativos: religión, derecho,
ética; diversos portadores u órganos: familia, escuela, iglesia, medios de
comunicación; diversas estrategias: premios, buena reputación, sanciones
morales, negativas o rechazo social, sanciones pecuniarias y penas. (García, 2000: 2).
Un fenómeno observable en El nombre de la rosa,
es que las personas que se consagraban a ese Dios, es decir, los monjes, tenían
que seguir una promesa de permanencia en castidad, además de velar por el
bienestar de la iglesia y de la comunidad y encargarse de trasmitir los
conocimientos de generación en generación, para que así la religión perdurara
en el tiempo y se siguieran sus costumbres. Es de esta manera como en el libro
que estamos analizando se evidencia la forma tan vil en que reprendían a las
personas que en algún momento de su vida hacían cosas que iban en contra del
ideal cristiano. Por ejemplo, las desmembraban poco a poco hasta que sufrieran
lo suficiente, para así después quemarlos en la hoguera; vale resaltar que eran los inquisidores quienes
se encargaban de castigar estas personas buscando un ideal de justicia.
Ese fanatismo en ocasiones motivó a que esas
mismas personas que creían en Dios y seguían sus ideales, atropellaran a la
humanidad imponiéndole a la fuerza un ideal de pobreza.
¡Queríamos adelantar el momento del castigo, éramos la vanguardia del
emperador enviado por el cielo y por el papa santo, debíamos anticipar el
momento del descenso del ángel de Filadelfia, y entonces todos recibirían la
gracia del espíritu santo y la iglesia se habría regenerado y después de la
destrucción de todos los perversos solo reinarían los perfectos! (Eco, 1980: 363).
En efecto para conocer la verdad los inquisidores se valieron de formas
de convicción muy parecidas a lo que hoy conocemos como medios de prueba
judicial, valga decir testimonios, documentos, inspecciones y, por supuesto la
confesión, la prueba reina; solo que en el iluso empeño de administrar justicia
en el nombre de dios, para llegar a la verdad no podían existir limitantes
razón por la cual, en la lógica del sistema, el empleo de tormentas y torturas
no solo era admisible, sino aconsejable. (Barbosa, 2006)
Sin embargo, la discusión a veces cambia de
ritmo, debido al comportamiento de aquellos que afirmaban que el hombre por
naturaleza es libre de decidir, actuar y pensar, que partían de la igualdad y
buscaban tener las mismas opciones en sociedad y que debían tener acceso al
mismo criterio y conocimiento. Aquellos que defendían estas ideas fueron
señalados como herejes, quemados en la hoguera y torturados, pues aquel que no
estaba con la ley de Dios estaba en su contra. Sin embargo, la discusión va más
allá de la creencia o no en Jesús, sino en la forma en que la iglesia estaba
ejerciendo su potestad y lo que quería inculcar acerca de él.
Y éste es el daño que hace la herejía al pueblo cristiano: enturbiar
las ideas e impulsar a todos a convertirse en inquisidores para beneficio de Sí
mismos. Porque lo que vi más tarde en la abadía (como diré en su momento) me ha
llevado a pensar que a menudo son los propios inquisidores los que crean a los
herejes. Y no sólo en el sentido de que los imaginan donde no existen, sino
también porque reprimen con tal vehemencia la corrupción herética que al
hacerlo impulsan a muchos a mezclarse en ella, por odio hacia quienes la
fustigan. En verdad, un círculo imaginado por el demonio, ¡que Dios nos
proteja! (Eco,
1980: 54).
En El nombre de la rosa se puede percibir
claramente el conflicto que ha existido hasta la actualidad entre ciencia y
religión, pues en el siglo XIV las personas estaban sometidas de modo estricto a
lo estipulado por la iglesia, en tanto las demás instituciones sociales como el
Estado, estaban influenciadas también por el clero. Dicha institución religiosa
no permitía investigar ni ampliar el conocimiento, debido a que sólo aceptaba
el uso y lectura de una serie de libros determinados, prohibiendo todos
aquellos que pudiesen inducir a la duda y negación de la doctrina e incluso a
descubrir la serie de crímenes realizados en honor a ésta. Estas prohibiciones
tenían como fin único proteger su institucionalidad y legitimidad en la
sociedad medieval.
Pero hasta que no advenga definitivamente el milenio, hasta que no
triunfe, si bien por poco tiempo, la bestia inmunda, el Anticristo, nuestro
deber es custodiar el tesoro del mundo cristiano, y la palabra misma de Dios,
tal como la comunicó a los profetas y a los apóstoles, tal como la repitieron los
padres sin cambiar ni un solo verbo, tal como intentaron glosarla las escuelas,
aunque en las propias escuelas anide hoy la serpiente del orgullo, de la
envidia y de la estulticia. En este caso somos aún antorchas, luz que sobresale
en el horizonte. Y, mientras esta muralla resista, seremos custodios de la
Palabra divina. (Eco, 1980: 42).
Fueron muchos los hombres y mujeres que murieron, e incluso mueren aún sólo por
defender una idea, una razón, una creencia; los que en el transcurrir de la
historia se acusaron de herejía, brujería, traición, aquellos que no tuvieron
justicia; pues para entender estos sucesos y aceptarlos como validos hay que
partir de la premisa de que existe justicia sólo cuando se es juzgado por los
iguales, cuando hay oportunidad de controvertir y explicar. Pero, en el caso
aquí analizado no la hubo, sólo estaba el inquisidor y su orden señalando lo
que ellos consideraban errado, no porque realmente lo fuera sino porque era la
forma de conservar el poder que aún en la actualidad puede
observarse.
El cillerero había caído en la trampa. Estaba dividido entre dos
urgencias: la de descargarse de la acusación de herejía, y la de alejar de sí
la sospecha de homicidio. Probablemente, decidió hacer frente a la segunda
acusación... Por instinto, porque a esas alturas su conducta ya no obedecía a
regla ni conveniencia alguna (Eco, 1980: 357).
Por este motivo, en medio de los suplicios y la
muerte de los frailes mencionados en la obra, se deduce que éstas podrían
funcionar como un distractor para esconder las reales intenciones de ocultar el
conocimiento, mientras la inquisición castigaba el “descarrío” de los
franciscanos. Esto conllevó a un peligro constante para el protagonista del
libro y su maestro, pues corrían el riesgo de ser catalogados como tal, a causa
de las investigaciones realizadas para esclarecer los hechos.
Porque la ciencia no consiste sólo en saber lo que debe o puede
hacerse, sino también en saber lo que podría hacerse aunque quizá no debiera
hacerse. Por eso le decía hoy al maestro vidriero que el sabio debe velar de
alguna manera los secretos que descubre, para evitar que otros hagan mal uso de
ellos. Pero hay que descubrir esos secretos, y esta biblioteca me parece más
bien un sitio donde los secretos permanecen ocultos. (Eco, 1980: 97)
Lo anterior justifica las acciones de Jorge al
intentar, por todos los medios posibles, que el segundo libro de la poética de
Aristóteles no fuera leído por los demás monjes que habitaban en la abadía y
así poder conservar, según él, el equilibrio, pues la filosofía no era algo de
lo que se pudiese hablar comúnmente, debido al amplio conocimiento que
transfiere y su misma forma de hacer que el lector razone sobre cosas
determinadas.
…Cada palabra del Filósofo, por la que ya juran hasta los santos y los
pontífices, ha trastocado la imagen del mundo. Pero aún no había llegado a
trastocar la imagen de Dios. Si este libro llegara... si hubiese llegado a ser
objeto de pública interpretación, habríamos dado ese último paso… (Eco, 1980: 450).
La filosofía era entonces una de las corrientes
que más se buscó ocultar, con el fin de evitar las ideas que surgieron en la
Época Moderna (siglos XVII y XVIII) con pensadores como Hobbes, Rousseau,
Locke, Spinoza, Maquiavelo, Voltaire, Kant, Montesquieu, Hume, entre otros. Es
en esta época donde se constituye el liberalismo como doctrina política,
económica y social, en la cual se pretendía que todos los ciudadanos fueran
iguales ante la ley y para el Estado.
Pues eran estos “herejes”, los intelectuales que
se venían formando desde la opresión, los que pretendían enseñar a los demás
que podían pensar, con la convicción de que la razón y la experiencia eran
importantes para lograr el denominado conocimiento científico y la
transformación tanto de la sociedad como la realidad misma. Pese a ello, la
institucionalidad de la iglesia y sus seguidores capaces de todo con tal de
preservar su mandato, cambiaron la forma de operar, es decir, cedieron en algunos
ámbitos para no perder el dominio de otros con mayor importancia, pero aún así
siguen ejerciendo un control importante en la sociedad; pues, como señalaba
Maquiavelo en su reconocida obra el príncipe, el hombre es por naturaleza
perverso y egoísta, sólo se preocupa por aumentar su poder sobre los demás; y
aunque la iglesia comienza a perder fuerza ese “poder divino” que le fue
otorgado hace siglos atrás se mantiene latente en la actualidad.
Por ejemplo, la ilustración se da en la historia
como una luz de la razón en la que se buscaba lograr que todos pudieran gozar
de la libertad para pensar por sí mismos, y hacer una libre determinación de su
criterio, desechando la intervención de instituciones represivas como la
nobleza y el clero, aunque este dominio se haya cambiado por otro tipo de
factores como la economía y las reglas impuestas para vivir en sociedad
Sin embargo, no se desconoce que toda sociedad
necesita un orden que pueda determinar el comportamiento de la persona y evitar
alteraciones en la convivencia social. Dichas normas de convivencia son
aplicadas a través de la disciplina, entendida como sanciones de tipo moral o
penal que inciden en el comportamiento de los sujetos. De esta manera, la
familia, la sociedad y el Estado, juegan un papel crucial en la formación de
los sujetos como integrantes de una comunidad, ya que son estas instituciones
las que inciden en la formación del individuo social, interviniendo
directamente en sus comportamientos. Vale resaltar que estas instituciones y
sus normativas sociales, hacen parte de patrones culturales, donde los medios
utilizados actualmente para difundir estos códigos de conducta, son los medios
masivos de comunicación, algunos elementos constructores de identidad como la
música, la moda, el deporte, entre otros; y las relaciones que el sujeto
construye fuera de su círculo familiar, esto es, las relaciones con sus amigos.
Las instituciones sociales están organizadas para establecer modelos de
conducta, de comportamiento. Estas instituciones tienen cierto grado de
compulsión, el acento se pone en reglas, leyes y posible recriminación y pena,
sus mejores ejemplos son la ley y la administración. Norma, proceso y sanción
son tres componentes fundamentales de cualquier institución de control social,
orientadas a asegurar la disciplina social, afianzando las pautas de conducta
que el poder reclama. La última autoridad Control social y derecho penal del
control social es el Estado con su poder coactivo, que en un Estado de derecho,
debe ejercitarse a través de la ley (Ochoa, 2003: 3).
Aun en el siglo XXI se presentan crímenes y
conflictos porque la sociedad no comparte o asimila un patrón de comportamiento
y pensamiento diferente al de la mayoría, por eso ocurren sucesos como los
conocidos atentados terroristas productos de la creencia de una Guerra Santa desatada
con el fin de obtener un control político, haciendo prevalecer e imponer la
religión sobre todo, en unos ideales históricos y ficticios donde no hay
moralidad, ni valores, donde ni siquiera importa la muerte pues solo interesa ese
fin que se constituye como la meta y verdadera gratificación de sus seguidores.
Una guerra santa se da por razones religiosas,
puesto que según la creencia ha sido el Dios quien ha expresado su voluntad de
realizarlo. Así la persona que muere en combate alcanza la salvación, lo cual
ha permitido diferenciar el arraigo cultural e histórico de los combatientes
para legitimar sus intereses determinados, sin que la religión sea
explícitamente el detonante de la guerra.
En la actualidad la iglesia ya no ejerce el
poder de la misma manera que antaño, debido a que en ese entonces castigaba a quienes estuvieran en contra
de sus designios con tratos crueles, inhumanos y degradantes; una serie de
crímenes en razón de su criterio ideológico que buscaban mantener y legitimar
su poder, como las cruzadas y la “Santa” inquisición. En la actualidad la
iglesia católica se limita a excomulgar a aquellos que considera “pecadores”
cuando han ofendido y profanado su institucionalidad, ya que el derecho a
castigar o “Ius Puniendi” lo adquirió el Estado. Sin embargo, esto no significa
que la religión no influya en muchas de las decisiones que son tomadas por el
Estado; un claro ejemplo de ello son los debates que se realizan en la
actualidad con respecto a la ley contra el aborto donde se evidencia una clara
intervención de la iglesia para la aprobación de las leyes que sancionen dicha
conducta.
Todos como seres humanos tenemos la libertad de obrar conforme a aquello
que creemos y pensamos, sin limitar la libertad del otro, y de la misma forma
pensar en aquello que le es conveniente y lo que no, a vivir de forma
individual plenamente no siendo condicionada su ideología por nadie.
La cultura da al hombre la capacidad de reflexionar sobre sí mismo. Es
ella la que hace de nosotros seres específicamente humanos, racionales,
críticos y éticamente comprometidos. A través de ella discernimos los valores y
efectuamos opciones. A través de ella el hombre se expresa, toma conciencia de
sí mismo, se reconoce como un proyecto inacabado, pone en cuestión sus propias
realizaciones, busca incansablemente nuevas significaciones, y crea obras que
lo trascienden (Unesco, 1982: 1).
Es así que condicionar su racionalidad y
comportamiento de las personas es atentar contra su misma naturaleza, es
prescindir de las capacidades inherentes que lo constituyen; de esta manera es
ilógico pensar que tal aptitud que de la que todos los seres gozan pueda estar
limitada por unos cuantos en su deseo de poder.
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Pulido, José Antonio (S.F) “El horror a el
nombre de la rosa: el juego del laberinto en la escritura de Umberto Eco”
Versión en Línea:
http://www.tumbaabierta.com/literatura/011_1eco.php
[1] Las autoras son Integrantes del Semillero de Investigación en
Derecho Penitenciario, adscrito al Grupo de Investigación “Derecho, Cultura y
Ciudad” de la Facultad de Derecho de la Universidad de San Buenaventura.
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